En plena efervescencia de libertad y creatividad en el mundo de la danza oriental y del tribal fusión, en 2010 creé mi primera coreografía con música metal. La danza gótica había hecho su aparición en España de la mano de Morgana y el nuevo concepto, aún por definir, me atraía. Ante la escasez de historia de la danza gótica, inicialmente asumí que el lenguaje musical natural del nuevo estilo era el metal. Sin embargo, en estos años la música electrónica ha predominado frente a otras en este tipo de danza fusión oscura.
Elegí una canción de Apocalyptica instrumental, una apuesta poco arriesgada dentro del género, ya que este tipo de canción tenía varias similitudes desde el punto de vista coreográfico con las canciones de oriental clásico que estaba acostumbrada a bailar, como la ausencia de voz, la presencia de instrumentos de cuerda y la temática romántica.

A nivel compositivo, es clara la influencia de la danza oriental en las numerosas ondulaciones que empleé. Mi objetivo principal era representar el sonido a través del cuerpo, escogiendo dentro de mi vocabulario dancístico aquello que me sirviera y buscando la creación de movimientos nuevos. Uno de los principales retos fue combinarlos con movimientos que transmitieran fuerza y dramatismo para coreografiar los contrastes de la canción, que no son tan marcados en la música árabe.
Otra de las mayores dificultades fue la falta de referencias dentro de la danza. Hay muy pocas canciones de este género musical coreografiadas y todas se basan exclusivamente en el estilo que conocía previamente el bailarín.

El vestuario, de elaboración propia, buscaba ese toque romántico sin romper con la línea de los vestuarios de tribal fusión occidentales, que utilizan pantalones y el juego de top y cinturón, herencia de la danza oriental.